miércoles, 7 de diciembre de 2016

Ha pasado el tiempo, a una velocidad que asusta. Pero quizás, dándole la vuelta a todo pronóstico, compruebo que eso no es del todo malo. Que cuando te alejas, cuando las agujas del reloj te llevan a un plano totalmente diferente del que has vivido, te das cuenta de cómo son-eran, mejor dicho- las cosas por aquel entonces.

Entiendes, que aquello que te parecía un gesto bonito, una muestra de cariño que ganaba tu corazón latido a latido, no era más que una ruin estrategia de intentar subir una autoestima bastante devastada. Es normal que no entendáis lo que quiero decir. Pero ahora, es la una de la madrugada de un miércoles cualquiera, y en estos intentos míos de dormir, ha acabado viniéndome a la cabeza una escena. Era de mis favoritas, y ahora, después de tanto tiempo, he llegado a entenderla.

Sábado por la noche. Octubre de 2015. Una pareja descansa en la cama después de haberse fundido en besos, caricias, abrazos, y para qué ocultarlo, después de haber disfrutado plenamente el uno del otro. La chica descansa feliz, inocente, ingenua, ajena a cualquier sufrimiento, sobre el pecho del chico. Cierra los ojos, intenta imaginarse siendo más feliz, pero no puede. Él, la mira, sabe que ella le quiere, está convencido de que daría cualquier cosa por él y éste se lo pide, y no se equivoca.
Le rodea con sus brazos y le aprieta más y más fuerte. Ella, sonríe enamorada pensando que aquel abrazo, es un gesto de cariño y protección, o mejor dicho, de amor. Él, también sonríe, pero no es una sonrisa inocente y tampoco leal. Es una sonrisa de poder, un abrazo que más que proporcionar cariño, encierra.

Él no está bien, ha sufrido a lo largo de su vida, como ella, y eso él lo sabe. Pero no le importa realmente, no es momento para pensar en alguien más que no sea él mismo, o al menos con ella. No, sabe perfectamente que aquella chica más joven, castaña, con esos ojos que hacen perder la cordura, sabe que ella es suya. Y aunque no le quiere como tal, es reconfortante saber que dependen de ti.

Juegan a hacerse preguntas, las típicas preguntas que sólo contestarías en una situación tan íntima como esa. Ella, le pregunta en qué momento de su vida ha sido plenamente feliz. A él, se le pasa por la cabeza un momento clavado en su memoria, le mira serio. No, no aparece ella, aparece otra persona. La persona que de verdad sí quiere. Pero no es momento para hablar de eso, así que decide contestarle que justamente ese instante que están viviendo sería una buena elección, siempre que hubiera una piscina al final del día para poder relajarse. Ella da la respuesta por válida, no sabe que cuando alguien realmente te quiere, cuando realmente está enamorado, le sobra todo. Le sobra cualquier mierda de piscina después de una tarde así.

Él cambia la pregunta, es tan egocéntrico que realmente no le importa qué momento ha sido el más feliz en la vida de la chica-aunque seguramente, si se lo hubiera preguntado hubiera aparecido el rostro del chico en el recuerdo.- así que decide modificar la pregunta a: 'tu recuerdo más feliz conmigo'.


Soy consciente de que puede parecer un detalle increíblemente irrelevante, una tontería. Pero cuando has seguido leyendo todo lo que le ocurría a la pobre inocente, te das cuenta de que esos detalles, ese egoísmo que tenía, acabó por destruirle todo el amor propio.

martes, 8 de noviembre de 2016

Tinta, café y valentía.

Lo supiste desde el primer momento en que le viste. Desde que cruzasteis la primera mirada, por cursi que parezca, sospechaste que con él nada iba a ser como con el resto. Que llevaba la palabra especial tatuada en esa sonrisa, aunque joder, en realidad las que se quedaban marcadas con tinta eran sus carcajadas.

También supiste que cuando confías plenamente en una persona, cuando le das lo mejor de ti, tienes altas posibilidades de que te falle. De que te destruya. Y aun así, no retrocediste.

Todas y cada una de las advertencias que te llegaban a los oídos sobre aquella mirada, salieron esfumadas, sin siquiera haberles prestado la mínima atención, con el primer roce de sus labios. Y si antes sabías lo que era caminar sola y ser independiente, ahora, después de haber experimentado lo que era tenerle, no conocías ni tu propio nombre si no estaba el suyo acompañándolo.

Tendrías que haber escuchado a todo aquel que lo conocía, a todo aquel que sabía que por muy tierno y dulce que aparentara ser, bueno, qué te voy a contar. Si acabaste bebiéndote hasta el café de sus ojos para olvidarle. Y ha pasado el tiempo, tanto, que todo tu al rededor da por hecho que ni si quieras recuerdas ese nombre que tanto has llorado. Pero cómo olvidar esa gota que derramó el vaso -una gota que lo desbordó haciendo que aquella agua salada que provenía de tus ojos antes inocentes, destruyera todo aquello que estaba en su camino.- cómo olvidar lo que significó un antes y un después en tu forma de ser.

Si tanto recuerdas sus manos, sus caricias, sus besos, sus sorpresas, su manía con jugar con la comida y robarte las patatas del McDonals, su irritante preocupación porque no te faltara de nada -excepto amor, eso sí, eso no era necesario al fin y al cabo.- si tan incapaz eres de olvidar todo lo que te hacía feliz, por qué no puedes olvidar todo lo que te hizo ser como eres ahora. Ser un jodido mar de lágrimas andante, ser una brutal caja fuerte que Dios sabe si algún día conseguirá descifrar alguien el código de apertura. No, eso lo olvidaste.

Y es que eso es lo curioso que tenemos las personas. Amamos, amamos con toda nuestra alma. No eras ninguna idiota, sabías a lo que te enfrentabas y fuiste valiente, tiraste hacia delante aferrándote a un mar de promesas sin sentimiento alguno y saltaste. Saltaste con una venda increíblemente fuerte que impedía que esos ojos que transmitían tanta alegría fueran capaces de ver algo.

Tiraste, saltaste y el paracaídas no se abrió. Pero como te he dicho antes, fuiste valiente. Y es que ningún cobarde es capaz de arriesgarse y lanzarse cuando le dicen que el paracaídas está roto.

jueves, 20 de octubre de 2016

Haciendo un repaso rápido de estos cuatro últimos años, me he dado cuenta de la cantidad de gente que se ha ido de mi vida. Personas por las que daba cualquier cosa, amigas por las que ponía la mano en el fuego a ciegas por ellas y como olvidar a aquel chico que juró que aquella bonita historia cutre de amor -por llamarlo de alguna manera- no terminaría.

En resumen, gente que me hacía feliz. Que me completaba. Que era parte de mis días y ahora ya no forma parte ni de mis meses. Y aún así, después de tantos fracasos sentimentales, entendiendo sentimental como no sólo amor sino también amistad, seguimos confiando. Sigo esperando de la gente todo lo que doy a sabiendas de que no lo voy a obtener. Continúo teniendo esa estúpida especie de fe que hace que piense que esta vez, será diferente, será la buena.

Y como yo, todo el mundo.

Cómo nos gusta engañarnos a nosotros mismos, aunque en el fondo supongo que no lo puedo llamar engaño, sino una especie de prueba propia de empiristas que no están conformes con generalizar una situación con varios experimentos. Inconformistas, quieren más. Quieren más gente que les decepcionen, quieren más fracasos para poder así aclarar a los cuatro vientos que las relaciones humanas dan asco, aunque en el fondo, muy en el fondo, lo único que buscan es borrar todas las experiencias malas y encontrar al fin aquella excepción que confirme la regla.

Y así seguiremos, observando aquel cometa que pasa cada 100 años con la esperanza de que esta noche iluminará el cielo. Y bueno, quién sabe, llegará el momento en que hayan pasado 99 años y 364 días y que en pocas horas aparecerá esa persona que haga que las anteriores 875.976 horas de espera hayan merecido la pena.

Hasta que esa noche llegue, continuaremos observando estrellas comunes en el cielo oscuro.

lunes, 17 de octubre de 2016

Qué difícil resulta.

Si el hecho de querer a una persona ya nos resulta complicado, la dificultad aumenta cuando no nos queremos a nosotros mismos. La típica frase que nos dicen una y otra vez: 'Si no te quieres tú, ¿Quién va a hacerlo?' quizás tenga más sentido de lo que creíamos.

No es que no seamos capaces de querer a otra persona no, porque eso lo hacemos con toda nuestra alma. El problema viene cuando no entendemos el por qué nos aprecian. Cuando a pesar de intentarlo con todas nuestras fuerzas, no nos entra en la cabeza como él o ella, siendo tan increíbles, se conforman con el cúmulo de desastres de los que estamos formados.

Es entonces, cuando se acercan a pasos agigantados, sigilosamente estruendosos, los celos. Cuando sabes que hay cientos, miles de personas capaces de superarte y hacer más feliz a aquel que estás haciendo desgraciado con esa desconfianza.

¿Tan difícil es aceptar que cuando una persona está con nosotros, es porque realmente le complementamos? ¿Tan poco respeto y cariño tenemos hacia nuestra persona que nos resulta imposible creer que podemos hacer feliz a alguien con apenas un gesto sincero? Ahora entiendo todo lo que me decían de más pequeña, cuando los complejos empezaban a asomarse. Ahora entiendo ese mar de confianza en el que intentaban ahogarme, y si lo sé no salgo a flote. Porque a veces, no hundirse termina por acabar llevándonos solos por la deriva.