jueves, 20 de octubre de 2016

Haciendo un repaso rápido de estos cuatro últimos años, me he dado cuenta de la cantidad de gente que se ha ido de mi vida. Personas por las que daba cualquier cosa, amigas por las que ponía la mano en el fuego a ciegas por ellas y como olvidar a aquel chico que juró que aquella bonita historia cutre de amor -por llamarlo de alguna manera- no terminaría.

En resumen, gente que me hacía feliz. Que me completaba. Que era parte de mis días y ahora ya no forma parte ni de mis meses. Y aún así, después de tantos fracasos sentimentales, entendiendo sentimental como no sólo amor sino también amistad, seguimos confiando. Sigo esperando de la gente todo lo que doy a sabiendas de que no lo voy a obtener. Continúo teniendo esa estúpida especie de fe que hace que piense que esta vez, será diferente, será la buena.

Y como yo, todo el mundo.

Cómo nos gusta engañarnos a nosotros mismos, aunque en el fondo supongo que no lo puedo llamar engaño, sino una especie de prueba propia de empiristas que no están conformes con generalizar una situación con varios experimentos. Inconformistas, quieren más. Quieren más gente que les decepcionen, quieren más fracasos para poder así aclarar a los cuatro vientos que las relaciones humanas dan asco, aunque en el fondo, muy en el fondo, lo único que buscan es borrar todas las experiencias malas y encontrar al fin aquella excepción que confirme la regla.

Y así seguiremos, observando aquel cometa que pasa cada 100 años con la esperanza de que esta noche iluminará el cielo. Y bueno, quién sabe, llegará el momento en que hayan pasado 99 años y 364 días y que en pocas horas aparecerá esa persona que haga que las anteriores 875.976 horas de espera hayan merecido la pena.

Hasta que esa noche llegue, continuaremos observando estrellas comunes en el cielo oscuro.

lunes, 17 de octubre de 2016

Qué difícil resulta.

Si el hecho de querer a una persona ya nos resulta complicado, la dificultad aumenta cuando no nos queremos a nosotros mismos. La típica frase que nos dicen una y otra vez: 'Si no te quieres tú, ¿Quién va a hacerlo?' quizás tenga más sentido de lo que creíamos.

No es que no seamos capaces de querer a otra persona no, porque eso lo hacemos con toda nuestra alma. El problema viene cuando no entendemos el por qué nos aprecian. Cuando a pesar de intentarlo con todas nuestras fuerzas, no nos entra en la cabeza como él o ella, siendo tan increíbles, se conforman con el cúmulo de desastres de los que estamos formados.

Es entonces, cuando se acercan a pasos agigantados, sigilosamente estruendosos, los celos. Cuando sabes que hay cientos, miles de personas capaces de superarte y hacer más feliz a aquel que estás haciendo desgraciado con esa desconfianza.

¿Tan difícil es aceptar que cuando una persona está con nosotros, es porque realmente le complementamos? ¿Tan poco respeto y cariño tenemos hacia nuestra persona que nos resulta imposible creer que podemos hacer feliz a alguien con apenas un gesto sincero? Ahora entiendo todo lo que me decían de más pequeña, cuando los complejos empezaban a asomarse. Ahora entiendo ese mar de confianza en el que intentaban ahogarme, y si lo sé no salgo a flote. Porque a veces, no hundirse termina por acabar llevándonos solos por la deriva.