Lo supiste desde el primer momento en que le viste. Desde que cruzasteis la primera mirada, por cursi que parezca, sospechaste que con él nada iba a ser como con el resto. Que llevaba la palabra especial tatuada en esa sonrisa, aunque joder, en realidad las que se quedaban marcadas con tinta eran sus carcajadas.
También supiste que cuando confías plenamente en una persona, cuando le das lo mejor de ti, tienes altas posibilidades de que te falle. De que te destruya. Y aun así, no retrocediste.
Todas y cada una de las advertencias que te llegaban a los oídos sobre aquella mirada, salieron esfumadas, sin siquiera haberles prestado la mínima atención, con el primer roce de sus labios. Y si antes sabías lo que era caminar sola y ser independiente, ahora, después de haber experimentado lo que era tenerle, no conocías ni tu propio nombre si no estaba el suyo acompañándolo.
Tendrías que haber escuchado a todo aquel que lo conocía, a todo aquel que sabía que por muy tierno y dulce que aparentara ser, bueno, qué te voy a contar. Si acabaste bebiéndote hasta el café de sus ojos para olvidarle. Y ha pasado el tiempo, tanto, que todo tu al rededor da por hecho que ni si quieras recuerdas ese nombre que tanto has llorado. Pero cómo olvidar esa gota que derramó el vaso -una gota que lo desbordó haciendo que aquella agua salada que provenía de tus ojos antes inocentes, destruyera todo aquello que estaba en su camino.- cómo olvidar lo que significó un antes y un después en tu forma de ser.
Si tanto recuerdas sus manos, sus caricias, sus besos, sus sorpresas, su manía con jugar con la comida y robarte las patatas del McDonals, su irritante preocupación porque no te faltara de nada -excepto amor, eso sí, eso no era necesario al fin y al cabo.- si tan incapaz eres de olvidar todo lo que te hacía feliz, por qué no puedes olvidar todo lo que te hizo ser como eres ahora. Ser un jodido mar de lágrimas andante, ser una brutal caja fuerte que Dios sabe si algún día conseguirá descifrar alguien el código de apertura. No, eso lo olvidaste.
Y es que eso es lo curioso que tenemos las personas. Amamos, amamos con toda nuestra alma. No eras ninguna idiota, sabías a lo que te enfrentabas y fuiste valiente, tiraste hacia delante aferrándote a un mar de promesas sin sentimiento alguno y saltaste. Saltaste con una venda increíblemente fuerte que impedía que esos ojos que transmitían tanta alegría fueran capaces de ver algo.
Tiraste, saltaste y el paracaídas no se abrió. Pero como te he dicho antes, fuiste valiente. Y es que ningún cobarde es capaz de arriesgarse y lanzarse cuando le dicen que el paracaídas está roto.